NUEVA YORK.- El éxito masivo en las calles es en la actualidad un camión que vende wafles de Bruselas y Liège. Cuando tras media hora de cola se anunció que esta redactora sería el último cliente del día, una niña que estaba detrás se largó a llorar. "Vinimos desde una granja en Minnesota -imploró la madre- porque nos contaron de estos extraños wafles ." Sumado al seguimiento a diseñadores de avanzada como Dries van Noten, Ann Demeulemeester o Martin Margiela, de pronto lo belga parece ser el colmo del exotismo para el norteamericano medio.
Eso podría explicar por qué, en su flamante manual para entender la poesía contemporánea, el crítico literario de The New York Times, David Orr, sugiere al novato tomar la misma actitud que cuando se visita un país muy distinto y ajeno, y específicamente señala a Bélgica.
"Uno puede aprender frases, leer algo de historia o una guía de turismo, pero lo importante es saber que se va a estar ocasionalmente perdido y que esa confusión es parte de conocer algo nuevo. Nadie se paraliza por no hablar flamenco fluidamente o cree que para entender el alma belga hay que aprenderse la guía telefónica de Bruselas", sostiene Orr. Traducido a la poesía, esto significa relajarse, aceptar que uno no va a entender todo lo que lea. Y que, aunque no vale la pena memorizar grandes cantidades de textos para llegar a su esencia, un poco de contexto sobre la obra en cuestión puede ayudar.
Orr también enumera las razones por las cuales se dice que hay que leer poesía, y una por una va destruyendo esas razones. Uno lee poesía, concluye, sólo porque somos humanos, como un fin en sí mismo, porque encierra una gran belleza, pero sin un objetivo práctico exterior. Justamente algo así en inglés (Beautiful and pointless) es el título del libro, que ya fue comparado, naturalmente, con un viaje a Bélgica. Puro placer.
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